Sólo se trata de remeras.
Un simple
puñado de remeras. Blancas o de color,
no importa. Hay una
con flores de marihuana
y una inscripción en la espalda donde se lee
Viejas locas…
Yo las llevo en mi bolso como si cargara
una bomba de tiempo, y luego
cuando llego a mi casa, empieza lo mejor.
Sumergirlas una por una
en aguas perfumadas, en aguas jabonosas
hasta que ya no queda nada
en todo el universo.
A veces las refriego un poco, y a veces
las dejo reposar, pero siempre
(no importa lo cansado que esté) las cuido
como si fueran telas imperiales.
En la soga del patio
las cuelgo de la sisa
para que no se estiren, y cada broche cumple
una función práctica
y al mismo tiempo sacramental.
Oprimir cada prenda
a resguardo del viento, y retirarse
sin dejar ningún rastro.
Desde la ventana de mi cuarto las miro.
No son remeras, son
banderas que flamean
bajo el sol estridente del mediodía.
Cada una, a su modo
guarda el recuerdo de tu cuerpo
y la promesa de volver.
Es que somos aliados
tus remeras y yo.
Compartimos
una incansable intimidad.
Debe ser por eso que, como las verdaderas
lavanderas, cuando lavo tu ropa, canto
con un anacronismo
que haría enfurecer a las feministas.
Pero en fin.
Yo no soy, nunca he sido
ningún ejemplo para los demás.
Todo lo contrario.
A veces, en la soledad de la noche,
antes de ir a dormirme, pienso
para mis adentros:
Dios mío, gracias
por inventar el amor, que ensucia las remeras
y por inventar el jabón en polvo
que es el complemento ideal
de algunos muchachos que, al igual que yo
confunden tus remeras -tan denostadas-
con el Paraíso.
