Vuelvo de estar con vos a casa en la temprana luz de la primavera,
pasando rápidamente entre paredes ordinarias, el Pez Dorado,
los bazares con sus descuentos, la zapatería… Arrastro mi bolsa
del almacén, me lanzo al ascensor
donde un hombre, tenso, de edad, cuidadosamente sereno
deja que la puerta se cierre. –¡Por amor de Dios, esperá!
le grito con voz ronca. –¡Histérica!,- me responde por lo bajo.
Entro en la cocina, vacío las bolsas,
hago café, abro la ventana, pongo a Nina Simone
cantando Here comes the sun… Abro el correo
tomando un café delicioso, una música deliciosa,
mi cuerpo todavía liviano de vos, y pesado. Del correo
se desliza una copia de algo escrito por un hombre
de 27 años, un rehén torturado en prisión:
Mis genitales fueron objeto de tal despliegue sádico
que me mantienen constantemente despierto por el dolor…
Hacé lo que puedas para sobrevivir.
Sabés, creo que el hombre ama la guerra…
Y mi odio incurable, mis heridas sin cicatriz posible
se abren aún más con lágrimas, estoy llorando desconsoladamente,
y ellos todavía tienen el control del mundo, y vos no estás en mis brazos.
