Llegó entonces la estación capital, el verano,
sometido a un rigor de fuego. Qué real
nuestra corta tarde: una medalla mojada —relumbrones
oscuros— bajo los árboles. Ahora puedo decir
lo innumerable de mi vida, a la luz férrea
de un día solitario. Gastamos nuestra
llama escasa, desde los bordes
hasta el núcleo, consumiéndola
minuto a minuto. No guardamos
ni música. Y me he quedado solo
tratando de luchar con la camisa estrecha
de mi voz, para decir esta palabra imprecisa
que nunca escucharás. Así sea.
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