Dejé el cigarrillo
-qué conflagración,
una íntima convivencia de más de treinta años-
dejé el café
dejé las luminosas salas de juego
donde una pequeña bola blanca
saltaba de un número a otro
manifiesto rostro de Dios
como saltan los ojos de los asesinos.
Dejé las turbulentas madrugadas
donde abrazas a tu enemigo
en la equívoca fraternidad del alcohol
y de las luces de neón.
Dejé solas a las madrugadas
sin música de Tom Waits
sin canciones de Marianne Faithfull
sin mis alabanzas a la equívoca belleza
de las prostitutas otra vez doncellas.
Y cuando todo lo dejé
concentré mis adicciones en amarte
de modo que ahora estoy otra vez colgada
me fumo tus silencios tus palabras tus miradas
me bebo tus humores tus dulces o amargas secreciones
me paso las noches en vela
en la sala de espejos
donde tu cuerpo
y mi cuerpo
resbalan hacia la madrugada.
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