19.12.20

LA FRAGILIDAD DE UN VIDRIO FINITO, GUADA ORGEIRA


Subíamos y bajábamos por las curvas de una ruta árida
en el calor sofocante de un Renault 11 muy viejo,
sonaba El oso de Moris
y jugábamos carreras hasta el borde del acantilado.
Comíamos caramelos en el asiento de atrás
testigos de discusiones que no entendíamos
y trenzábamos pulseras de hilo
que iban a durar más que el verano.
Cuando la cinta del cassette se cortó
y la tiraron por la ventana
aprendimos
que hay que usar las cosas hasta que se rompen
y no más.