Tenía puesta una remera de Manson
negra con cuello redondo. Cuando pitaba
cerraba los ojos
y yo espiaba sus párpados morados
sus pestañas tranquilas.
¿Te debo algo? preguntaba
sonriendo, soplándome el humo en la cara.
Su belleza era áspera.
Cada tanto tarareaba canciones que no existen.
Las inventaba. Y yo dejaba pasar los trenes
uno tras otro
uno tras otro se iban.
Y la tarde se partía como una inmensa nuez.
Y se apagaba como se apaga un corazón triste.
Qué aburrido es esto
¿no te parece?
preguntaba mirando hacia las vías.
Me gustarías un poco más si no te quedaras
si te hubieras ido en el primer tren que pasó, en el segundo
o en el tercero
si fueras más lejano
si fueras más parecido a lo que no está.
