30.5.20

VALERIA PARISO

 

A partir del tronco de un árbol
hicimos un gran cuenco.
Adentro colocamos cuatro piedras
pequeñas y redondas, hojas verdes,
la voz con que elegíamos llamarnos,
y unas hebras de lana de colores.

Lo forramos con cuero
y lo pintamos con sangre.

No hay amor sin música, dijimos.

La unción consistió en juntar las manos
sobre el instrumento para que nos reconociera.

Sentimos el poder sagrado de la tierra.

En el pueblo dijeron que al amanecer
oyeron cantar y que luego,
el suelo tembló.